En la Fundación Somos Naturaleza hablamos mucho de cambio climático, biodiversidad y transición ecológica. Pero hay una dimensión menos visible, y profundamente humana, que atraviesa todos estos temas: el conflicto. Conflictos por el uso del suelo, por la implantación de renovables, por la gestión del agua, la contaminación del aire, la desaparición de la fauna silvestre… lejos de ser “fallos del sistema”, pueden convertirse en verdaderos laboratorios de innovación democrática.
Cuando en un territorio estalla un conflicto ambiental no sólo se discute sobre ecosistemas: se ponen en juego modelos de desarrollo social, y formas de entender la vida en común: comunidades que sienten amenazada su salud o su modo de vida, empresas que buscan sostenibilidad económica, administraciones que disponen de recursos limitados y agendas saturadas…
Sin embargo, cuando se cuidan los procesos, el conflicto deja de ser sólo un problema y puede convertirse en una palanca. Espacios de diálogo bien diseñados permiten que las comunidades participen de verdad en las decisiones, mejoran la calidad de las políticas públicas y abren la puerta a soluciones más creativas y justas.
Por eso muchas experiencias hablan de los conflictos ambientales como “laboratorios” donde ensayar nuevas formas de democracia más participativa y transparente.
En el fondo, estos procesos nos recuerdan algo esencial: somos seres ecodependientes e interdependientes; la vulnerabilidad no es una debilidad, sino una condición compartida que podemos gestionar mejor cuando decidimos hacerlo colectivamente.
Para que eso ocurra, hace falta tiempo, recursos y una voluntad real de escuchar todas las voces, especialmente las más vulnerables. También es clave equilibrar poderes, compartir información comprensible y rigurosa, y dejar claro qué se decide en cada espacio y qué efectos tendrán los acuerdos.
Cuando los resultados se quedan en simples recomendaciones sin compromiso de implementación, la frustración crece y la desconfianza se instala.
Hay otro elemento decisivo: la dimensión emocional. Ante la crisis climática y ecológica aparece el miedo, la rabia, tristeza, indiferencia o bloqueo. Reconocer estas emociones puede ayudarnos a movernos hacia la acción: La rabia puede transformarse en energía para defender el territorio, el miedo puede invitarnos a cuidarnos mejor y la sensación de soledad se reduce cuando encontramos otras personas preocupadas y organizadas.
El paso de “yo no puedo hacer nada” a “podemos hacer algo juntas” es una transición profunda hacia un cambio sistémico.
En Somos Naturaleza lo vemos en nuestro trabajo cotidiano: frente a la crisis ecosocial, las emociones más frecuentes suelen ser el miedo, la ansiedad, la indiferencia o el bloqueo. La clave no es negarlas, sino reconocerlas como “puertas de entrada”:
- El miedo puede transformarse en prudencia activa y cuidado.
- La rabia, si se acompaña bien, se convierte en energía para proteger la vida y exigir justicia.
- La sensación de soledad se diluye cuando descubrimos que hay otras personas movilizadas y nos sumamos a lo que ya existe.
Hacen falta narrativas nuevas, que no se queden en el colapso inevitable, sino que hablen de responsabilidad, de capacidad de agencia y de cuidado mutuo.
Este enfoque es el que inspira la iniciativa CLIMA RURAL LAB, un espacio de experimentación social y territorial. Parte de la idea de que la desafección de los jóvenes ante el cambio climático no pueden abordarse únicamente desde soluciones impuestas o normativas. Requieren procesos de diálogo cuidados, donde jóvenes, agricultores, ciudadanía, administraciones y comunidad científica puedan encontrarse en condiciones de mayor equilibrio, compartir información comprensible y construir decisiones colectivas con efectos reales.
CLIMA RURAL LAB pretende crear y acompañar espacios de mediación, aprendizaje y co-creación que permiten transformar el miedo, la desconfianza o la confrontación en acuerdos, corresponsabilidad y acción compartida. De este modo, el conflicto deja de ser una fractura para convertirse en un punto de partida: un lugar desde el que ensayar nuevas formas de gobernanza territorial más democráticas, inclusivas y resilientes.
Si queremos territorios vivos y comunidades cuidadas, no se trata de evitar el conflicto a toda costa, sino de aprender a atravesarlo juntas. Ahí, justo ahí, es donde empieza la innovación democrática.
Esta actividad forma parte del proyecto “CLIMA RURAL LAB” en el marco del proyecto europeo “NOPLANETB” llevado a cabo en España por el Fondo Andaluz de
Municipios para la Solidaridad Internacional (FAMSI) y cofinanciado la Diputación de Sevilla como socio de FAMSI y la Unión Europea.
Por Mercedes García de Vinuesa