Vivimos un momento en el que la crisis climática, la despoblación rural, la falta de relevo generacional, la desigualdad y la vivienda se entrelazan y retroalimentan.
¿Seguimos actuando sobre los síntomas y no sobre las causas estructurales? Efectivamente.
No podemos seguir buscando soluciones puntuales que son como tiritas para una herida abierta, necesitamos cambiar el propio sistema de producción, distribución y consumo, para que genere resultados más justos y sostenibles.
Ese es precisamente el objetivo del cambio sistémico: transformar las reglas, relaciones y narrativas que sostienen los problemas sociales y ambientales.
“El cambio sistémico no busca aliviar los síntomas, sino actuar sobre las causas que los provocan.”
El cambio sistémico implica modificar las estructuras profundas de un sistema: desde las leyes y políticas hasta las normas culturales, los incentivos o las relaciones de poder que lo mantienen.
Tal como hablábamos hace años de la cooperación al desarrollo dónde “no se buscaba dar el pez sino enseñar a pescar” se trata de entender que la realidad es más compleja de lo que quieren hacernos creer las redes sociales o los mensajes populistas. Si queremos que el problema no se repita, debemos transformar las reglas, las creencias y los valores que lo sostienen. Debemos pensar a largo plazo.
Y para conseguir una transformación estructural, de calado, necesitamos referentes, ejemplos inspiradores y muchas personas u organizaciones que nos demuestren que es posible. Por eso es tan importante la creación de redes basadas en la colaboración y no en la competencia, en la confianza y los acuerdos por consenso. En un sistema son más importantes las relaciones entre los actores que los propios actores. Esto implica aprender a relacionarnos, a interactuar de manera diferente.
El cambio sistémico no se logra desde una sola organización ni a través de un único proyecto. Requiere pasar del impacto individual al impacto colectivo, de la acción aislada a la colaboración estructural entre todos los actores del ecosistema: empresas, administraciones, entidades sociales, ciudadanía y academia.
“El cambio sistémico no es una tarea individual sino colectiva: ocurre cuando múltiples actores se alinean hacia un propósito común.”
Son desafíos complejos que requieren soluciones complejas y colaborativas, con la participación de empresas, startups, tercer sector y administraciones públicas.
Si queremos que los retos globales dejen de reproducirse, debemos pasar de solucionar problemas a rediseñar los sistemas que los generan.
Si miramos de frente el reto de la producción alimentaria y la desaparición de la agricultura familiar, veremos que se trata de un fallo estructural en el sistema. Un sistema que presiona a los agricultores con precios injustos desvaloriza su trabajo, desconecta a la ciudadanía del origen de lo que come y convierte al territorio rural en un espacio prescindible.
Hablar de alimentación sostenible no es solo hablar de productos ecológicos o de proximidad. Es hablar de cómo se diseñan los incentivos económicos, quién asume los riesgos, quién captura el valor y qué tipo de paisaje estamos construyendo. Si el sistema premia la cantidad frente a la calidad, la velocidad frente al cuidado y la competencia frente a la cooperación, el resultado es inevitable: suelos degradados, pérdida de biodiversidad, abandono de explotaciones y pueblos que se vacían.
Un enfoque de cambio sistémico en la agricultura implica rediseñar las reglas del juego: apoyar modelos productivos que regeneren el suelo y los ecosistemas, garantizar precios justos para quienes producen alimentos, fomentar alianzas entre agricultores, empresas, administraciones y consumidores, y reconstruir el vínculo entre alimentación, territorio y cultura. Significa pasar de un sistema extractivo a uno regenerativo, donde el campo no sea visto como un problema, sino como parte de la solución a la crisis climática, social y alimentaria.
Transformar el sistema alimentario es, en esencia, transformar nuestra relación con la vida. Porque cada decisión de compra, cada política pública y cada alianza construida puede reforzar un modelo que explota o uno que cuida. Y solo cuando entendamos la alimentación como un bien común, y no como una mercancía más, estaremos dando un paso real hacia el cambio sistémico.
Autora: Mercedes Garcia de Vinuesa
Fecha: 2/01/2026